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Juan y Valentina

La tarde se llamaba Juan, la muchacha Valentina
sentaditos en un patio se les cae la noche encima
tienen poco que contar, sólo besos y rutinas
y el amor les sabe a pan y a un verano que termina.

Le ha dicho Juan
que le va a escribir un verso cada día
y aunque hoy se le olvidó:
“Mañana traigo dos, mi vida,
mañana traigo dos.”

Pero el tiempo pasó y a su puerta dejó
dos destinos que no se encontraron
ella fue maestrita de pueblo
y él vende tebeos detrás del mercado.

Quién los viera alejarse aquella tarde de mayo
qué arenilla tan fina dejaban los besos a los quince años
esta tarde se vieron, y qué cruel es la vida
en un banco del parque se habían sentado otro Juan y otra niña.

Y han mirado los dos recordando aquellos días
en que la tarde se llamaba Juan
en que la tarde se llamaba Juan
— y la muchacha Valentina.

Ella le espera siempre igual, inocente y distraída
no te apures, corazón, que Juan te dijo que vendría
y la tarde se les va planeando mil caricias
y ese beso que se dan si no ven luz en la cocina.

Y luego a las nueve se despedirán
que a Juan ya le llaman a casa a cenar:
“Mañana si puedo me vuelvo a escapar”.

Quién los viera alejarse
aquella tarde de mayo
qué arenilla tan fina
dejaban los besos a los quince años
esta tarde se vieron, y qué cruel es la vida
en un banco del parque
se habían sentado otro Juan y otra niña.

Y han mirado los dos
recordando aquellos días
en que la tarde se llamaba Juan
en que la tarde se llamaba Juan
— y la muchacha Valentina.

                      

Una palabra soñadora

Hay quien ya no tiene fuerzas
hay quien ya no ve motivos
para dar un solo beso
hay quien todo lo ha perdido
y no hay viento que ahora empuje
la veleta de sus sueños
hay quien vive de nostalgias
hay quien muere de un recuerdo
hay quien tuvo una esperanza
y una voz y una guitarra
que ha dejado de sonar.

Hay quien culpa al destino, hay quien culpa al azar
hay quien ama de menos, hay quien ama sin más
sin hacer del corazón tierra y camino
sin hacer de su camino un paso más
un paso más.

A todo aquel que aún escuche
a todo aquel que se ha rendido
yo le quiero dar una palabra soñadora.

Al eterno aprendiz de poeta
a la pobre cenicienta sin amor
al viejito que llora y se acuesta
al jinete del caballo perdedor.

A las voces que no tienen qué decir
a las lágrimas hambrientas del viajero
a quien tuvo una razón para vivir
y hoy sólo tiene una razón para ir viviendo.

A todos ellos les quisiera regalar
una palabra soñadora
acérquense o el viento se la llevará
la palabra es: “Ahora”.

La palabra es: “Ahora”.