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Le llamaban Lulú

Tenía ojos de novios lejanos y risa valiente de buena niñez
tenía pies de volver de un verano en que alguien la quiso dejar de querer
tenía luz de farola de barrio y botas humildes de andar de ciudad
tenía voz de muchacha de radio que fue a susurrarnos a nuestro arrabal.

Tenía polvo de tiza en las manos y un alma sencilla para una canción
tenía gafas torcidas de tanto buscar los atajos de un tiempo mejor
y diremos que aquella chiquilla recién cumplía la edad en que ya
fue dejando caer sus horquillas por todas las plazas de la vecindad.

Le llamaban Lulú y era artista
de esas que nunca tendrán que actuar
le llamaban Lulú y todavía
ponía Lucía en su bloc escolar.

Tenía ojos de novios lejanos y un mar de naufragios a su alrededor
tenía gestos de niña que aprende a correr por la orilla de su corazón
y quizás ya no tenga remedio pero al menos tendré que explicar
que debieran cerrar los comercios que aquel mediodía te vieron llorar.

Le llamaban Lulú y era artista
de esas que nunca tendrán que actuar
le llamaban Lulú y todavía
ponía Lucía en su bloc escolar.

Se sentó en un rincón de la plaza y cabizbaja la vi merendar
¿cómo voy a poder olvidarla si aún recortaba los bordes del pan?
¿cómo voy a poder olvidar?

Le llamaban Lulú y era artista
de esas que nunca tendrán que actuar
le llamaban Lulú y todavía
 ponía Lucía en su bloc escolar.

 

    

Los perros de la soledad

Viene descalza Aurobinda contando sus migas de pan
viene con lluvia en la frente y ropas para secar
y al abrir la puerta ya comprendes
que vas a dejar que se quede
y apagas la luz del portal.

Viene descalza Aurobinda y le vuelves a preguntar
¿cuántos zapatos perdiste para tener que regresar?
y aunque calla y al callar sonríe
tú sabes que ya le persiguen
los perros de la soledad.

La sientas contigo a tu mesa y le das la mitad de tu pan
luego ves su pobreza de cerca y le ofreces la otra mitad
y ella va entregando algunos besos
que deben venir de muy lejos
de muy lejos hasta tu portal.

Pero aún no se secan sus ropas y no puedes dejar de pensar
que no salta tanto en los charcos quien no se quiso mojar
y al final se duerme y tú despierto
ya escuchas ladrar a lo lejos
a los perros de la soledad.

Le diste unos buenos zapatos y un sitio en que descansar
limpiaste su frente de barro y ahora la miras marchar...

Y aleja su paso Aurobinda siguiendo sus migas de pan
y al ver que no las recoge comprendes que en realidad
son el rastro que Aurobinda deja
para aquellos que vendrán detrás
y te asomas y los ves tan cerca
que ya se han sentado a tu puerta
los perros de la soledad.